Ace Frehley Space Invader


Hay portadas que son como una silueta femenina: no basta con contemplarlas unos minutos para poder apreciar su belleza en toda su extensión. Con las carátulas de los discos podría pasar lo mismo. Es necesario echar un vistazo a su relieve e interior para poder captar su contenido; al menos la idiosincrasia del mismo. A nadie debería pasársele este detalle por alto, máxime si tenemos en cuenta que el protagonista de la reseña de hoy, así como sus viejos compañeros, siempre le han dado un papel preponderante no sólo a su carrera, sino a las artes gráficas y plásticas como vehículos de expresión.

Ace Frehley ha sido, nada más y nada menos, el guitarra solista de una de las bandas más grandes de la historia en la década de oro del Rock como los KISS de los setenta –en realidad, éstos fueron grandes en todas sus épocas, pero convenía centrarse en la de los aquélla-. Bien, hasta ahí está todo claro. Hablar de la importancia del conjunto neoyorquino está de más porque sería repetir una obviedad. Gracias a ellos, el Rock dio un salto generacional y evolutivo. Nació en América, en los años cincuenta gracias a los afroamericanos, se convirtió en un adolescente que dejaba poco a poco su timidez en la cosmopolita Londres; experimentó el idealismo y las ganas de cambio en tiempos de desestabilización política en Norteamérica. Cuando llegaron los setenta, era ya algo totalmente adulto. Y KISS contribuyeron enormemente a ello. Con sus conciertos, llegó la diversión al Rock, y como uno de los inspiradores del cambio, ahí se encontraba el bueno de Ace, nuestro querido Spaceman.

En los tiempos en los que el timón del barco que dirigían Simmons y Stanley,  fue despedido por su inconstancia y ligereza. Pese a que éstos consiguieron recambios de altura como Bruce Kulick o Vinnie Vincent, pocos de ellos tenían ese carisma y ese don para saber encandilar en el escenario. Nadie tenía ese encanto a la hora de tocarShe: violento a la par que erótico, bruto y poco efectista. De todos modos, cuando la relación se quebró, especialmente por el motivo al que se aludía antes, desarrolló una prolífica carrera en solitario, donde importó el estilo con el que se dio a conocer. Trabajos pulidos, sencillos, sin pretensión alguna salvo la de entretener: se notaba firmemente que más valía ser cabeza de ratón que cola de león. No hablemos más del pasado y centrémonos en el aquí y el ahora: su Space Invader. Un disco de Hard Rock y Heavy Metal de toda la vida, de elaboración artesanal, rodeado de una de serie de músicos solventes, quizá no conocidos para el gran público, pero a los cuales se les nota hasta qué punto el trabajo con un guitarrista legendario curte y supone un curso acelerado de lo que es la música y el negocio.

El artwork, como decíamos antes, puede inspirar, en cierto modo, una actitud inmovilista del ya veterano guitarrista. Inspirado en los trabajos realizados junto con Gene,  Paul Stanley y Peter Criss, nos presenta al neoyorquino entrando a una nave espacial, rememorando quizás glorias pretéritas, sí –algo atribuible también a sus excompañeros, lo cual no es reprochable, sino que forma parte del especial encanto del cuarteto norteamericano-, pero con un acertado sentido práctico. Y eso se transmite a las canciones. No vamos a negarlo: es un álbum lineal, con canciones que siguen un patrón similar pero que, tanto en conjunto como por separado, funcionan a la perfección. Cortes sencillos y pegadizos, que transitan en una especie de parteaguas entre dos tiempos como el debut hasta Creatures of the Night, personificado, especialmente, en composiciones comoChange, Toys, I Wanna Hold You o la sensacional Inmortal Pleasures, con la estupenda y efectiva voz de Frehley comandando una base rítmica atronadora, donde la síntesis entre ritmos sencillos de batería, guitarras sucias y densas y el colchón de bajo, nos muestra, al menos, cuál debería ser el camino de KISS tras ese regularMonster que no refrendó la enorme sorpresa que supuso Sonic Boom.

Past The Milk Way, un instrumental que el norteamericano dedica a su pareja y en el que saca a la luz esa melancolía, suavidad y simpatía intrínseca al enamoramiento, supone un cambio en la gama de colores musicales para desarrollar un estilo más alejado del sonido metálico de anteriores tonadas para ahondar especialmente en su registro de voz. Sin ser Michael Kiske o David Coverdale, Frehley sí sabe dar rienda suelta a ese sentimiento que este tipo de composiciones requiere. The Joker y Starship, deudoras del Hard moderno tanto de los dioses setenteros y ochenteros así como el acertado revival que está saliendo en Escandinavia y Norteamérica, se encuentran más imbuidas en una temática más espacial en sus letras, donde uno puede cotejar, brevemente, cómo puede seguir una especie de senda sobre la que desarrollar una filosofía donde demuestra que, pese a sus sesenta y tres años, no quiere quedarse estancado en el pasado musical, sino seguir proponiendo y evolucionando. Y la divertida Change ejemplifica a la perfección estas palabras. Sin necesidad de hacer un análisis detallado sobre los doce temas que forman el álbum, estamos ante un compacto homogéneo, compuesto de material moderno que podría haber entrado, perfectamente, en cualquier trabajo de KISS en los setenta y principios de los ochenta, sin fisuras de ningún tipo –salvo, quizá, el de la repetición de patrones como hablaba en el cuarto párrafo.- y logrando un disco muy entretenido y digno acreedor de un notable bien alto. Bien por el Spaceman.



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